domingo, 23 de marzo de 2014

Preguntándole a la luna.

La magia de la noche
despierta a cada atardecer.
Ese precioso naranja gritando:
«Es suficiente por hoy», 
el ocaso cayendo en el horizonte.
Desapareciendo. 
Un día más. 

Y se desata la magia. 
Una estrella por aquí.
Otra estrella más allá. 
Sumámosle un montón más. Constelaciones. 
De las que somos privados
la gente de la ciudad. 

En cambio, creamos estrellas artificiales,
que pueden ser muy perjuidiciales,
que sólo pueden ser atisbadas
desde aviones o naves espaciales. 

Mas, las estrellas en el firmamento, 
para nada contaminantes. 
Son todo un espectáculo
para todo aquel que aprecie
cualquier forma de belleza.

Es muestra de tranquilidad
estar tumbado en la hierba
hasta las tres de la madrugada
olvidando el bullicio de la gran ciudad
y que un millón de luciérnagas
te observen desde miles de kilómetros.

Tu pelo impregnándose de rocío
en pleno contacto con la naturaleza
sintiendo la libertad
observando las estrellas.

Aún no ha empezado la magia. 
Las noches son fuente inagotable de misterio
pasión, gritos, crímenes, 
llantos en silencio, pura diversión.

Noches enteras
preguntándole a la luna
por qué las musas son nocturnas
y gustan de proliferar en mi ventana
a altas horas de la madrugada. 

Noches enteras
preguntándole a la luna
y reflexionando con la almohada. 
En silencio contigo mismo
y preguntándote hasta la saciedad
el por qué de tu existencia.

Noches enteras
preguntándole a la luna
por qué la vida es injusta
y por qué hay un hueco en mi cama 
tan grande, tan frío
sin ti en él. 

Noches enteras
preguntándole a la luna
qué estarás haciendo,
y yo estudiando
con desesperación
hasta que me duermo.

La magia de la noche
no tiene límites
sólo basta con observar
la infinitud del firmamento
y percatarte de que eres un punto minúsculo 
(y despierto)
en la magia de la noche. 

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