miércoles, 30 de julio de 2014

Poesía porque sí. Parte II.

Ya no atardece como antes,
o al menos es mi impresión.

Quizá es que
me gustaba más pensar
en nuestros propios atardeceres,
donde nuestras miradas colisionaban
y hacían ensordecer
hasta al cielo.

Y eso sólo cuando nos mirábamos.

Me gustaba pensar
que formábamos tormentas eléctricas,
con nuestras caricias
y erizarte la piel al instante;
y que me mirases a los ojos
mientras los truenos estallaban.

Y ahora, es de noche.

Hoy parece que las estrellas
brillan para ti.
O eso dice tu sonrisa,
que me tiene tan tonta.

Y ahora, es de noche,
y miro al cielo,
y me asombra la insignificancia
del ser humano
y la grandeza de sus locuras
por querer dejar su huella en el mundo.

Pero más me asombra
la grandeza
con la que me haces sentir,
y en el fondo,
sentirme tan
pequeña.

viernes, 25 de julio de 2014

Alea iacta est.

Ya es tarde.
Y me da igual la hora que sea,
tanto las once como las tres,
si tus uñas no están 
clavándose en mi espalda.

No dejo de darle vueltas,
por qué estoy sola hoy,
sin tus manos en mis caderas
y sin mi boca en tu cuello.

Sólo escribo, escribo,
y borro.
Arrancando hojas, y arrugándolas;
pensando: «ojalá fuesen las sábanas».

Y extraño el contacto,
tus susurros, tus caricias,
la forma en que tus ojos suplican,
mientras mis labios tiemblan.

Y, qué diablos,
que ardan tus labios
en el averno,
porque ya, directamente no ardo,
estoy calcinada,
y cubierta de ceniza.

Y ese olor a fuego,
que erizaría la piel a cualquiera,
sigue constante,
y puedo salir bien escaldada.

Porque juego
a un doble o nada,
a una moneda
sin caras.

Pero la moneda ya está en el aire
y, ¿qué más podría añadir?
Alea iacta est.


lunes, 21 de julio de 2014

Nostalgia naranja.

Tengo nostalgia
de hojas caídas por el suelo
de los crujidos bajo mis pies
y de mis botas de cuero.

El silbido del aire
calándome los huesos,
dando paso al frío;
de los árboles pelados,
de los atardeceres
en una bonita tarde de otoño.

Todo cubierto de naranja, 
la oda del principio del fin,
de cómo la madre naturaleza
vuelve otro año a dormir. 

Y la suave caricia del viento
me roza en la cara,
y pienso, con anhelo incontrolado,
ojalá durase para siempre.

Ojalá un naranja eterno,
con el sol ardiendo en el firmamento.
Ojalá las hojas crujiendo
bajo mis pies desnudos. 

Tirada sobre un colchón de hojas, 
bajo un árbol,
donde suavemente, sobre mi cara,
se posa una de sus millares de hijas.

El viento ondeando mi cabello,
deslizándose, enredándose
rugiendo en mi oído,
música de la naturaleza.

Ojalá
el otoño fuese perpetuo. 
Porque jamás habrá
una belleza similar.