lunes, 18 de agosto de 2014

Cálidos inviernos.

Quizá es que los días
son muy largos,
y, sin embargo, las noches
parecen tan cortas
como si se escapasen de las manos,
como un reloj de arena,
el tiempo,
y una brisa de otoño. 

Y más si te dedicas 
a irrumpir en mis sueños,
colocándome el pelo tras la oreja,
mientras me aliso los pliegues 
de una falda que nunca me había puesto,
y enredas tus dedos entre mis rizos. 

Y acercas tus labios
a mi cuello, y escalas
hasta mi oído,
susurrándome que no sabes
pensar en otra cosa
que no sea en ser el artífice
de mis ojeras.

Y aún recuerdo tu olor,
tu cuello, tu espalda,
tu mirada profunda;
Y aún recuerdo tus susurros,
 tus labios jugando a ser Seurat,
retocando cada lunar de mi espalda
a mordiscos.

Y echo de menos tus manos
escapándose de las mías, 
 mi cabeza reposada en tu hombro,
y tus manos escalando por mi falda,
esa que nunca me pongo,
esa que se eleva lentamente,
con la brisa de octubre,
y con tus cálidos inviernos.

sábado, 9 de agosto de 2014

Nocturno II.

Hay miradas
que desgastan,
que devastan,
que detestan
que desvelan,
que desnudan.

Y sin embargo,
no creo que fuese capaz
de sentir lo mismo
con otros ojos.

Y otras manos, 
otros labios, 
otros brazos,
otra voz;
no gracias.

No quiero escuchar otros gemidos
que no salgan de tu boca,
a excepción de los míos.

Ni tampoco arañar otra espalda,
y fíjate tú, 
no me quedan uñas.

Porque no sería lo mismo
si otros labios pronunciasen
que mi ombligo
es tu rincón favorito de Madrid;
ni que volasen por mi vientre
como mariposas sin rumbo fijo,
que con el suave batir de sus alas
a mí me provocan huracanes. 

No sería lo mismo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Nocturno {VIII/VIII} / I.

Y miraba tras la ventana,
anhelando el otoño,
oteando el cielo de verano,
desde una ciudad
que perdió la magia
hace mucho tiempo.

Olisqueando el ambiente,
sin hierba mojada,
sin el romper de las olas,
aire pastoso de ciudad.

Estúpido estupor del estío,
consigues drenar mis ganas;
y sólo me sumerjo 
en mares de tinta. 

Ya es noche cerrada
e inundada de silencio.
Y cómo echo de menos
romperlo a gritos. 

Que vengas a mis espaldas,
silencioso, cual sombra;
tapándome los ojos
con una sola mano.
Susurrándome al oído 
que esta noche
no íbamos a dejar 
una sola estrella por descubrir
y ni un sólo lunar por besar.

Y me limito a mirarlas,
y respectivamente a ti,
que no sé qué me deslumbra más,
si tus ojos o ellas,
que al parecer brillan por ti.

Pero hoy sólo quiero jugar
a que tú eres Debussy
y mi columna es un piano.
Que soy blanca, como la luna,
y sólo tú sabes captar
mi resplandor.