lunes, 18 de agosto de 2014

Cálidos inviernos.

Quizá es que los días
son muy largos,
y, sin embargo, las noches
parecen tan cortas
como si se escapasen de las manos,
como un reloj de arena,
el tiempo,
y una brisa de otoño. 

Y más si te dedicas 
a irrumpir en mis sueños,
colocándome el pelo tras la oreja,
mientras me aliso los pliegues 
de una falda que nunca me había puesto,
y enredas tus dedos entre mis rizos. 

Y acercas tus labios
a mi cuello, y escalas
hasta mi oído,
susurrándome que no sabes
pensar en otra cosa
que no sea en ser el artífice
de mis ojeras.

Y aún recuerdo tu olor,
tu cuello, tu espalda,
tu mirada profunda;
Y aún recuerdo tus susurros,
 tus labios jugando a ser Seurat,
retocando cada lunar de mi espalda
a mordiscos.

Y echo de menos tus manos
escapándose de las mías, 
 mi cabeza reposada en tu hombro,
y tus manos escalando por mi falda,
esa que nunca me pongo,
esa que se eleva lentamente,
con la brisa de octubre,
y con tus cálidos inviernos.

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