domingo, 21 de septiembre de 2014

Reflexiones (I).

Me siento
como si hubiesen leído
los secretos más recónditos
de mi mente
y hubiesen excavado
en la superficie
de mi alma.

Echo de menos la fría caricia del aire otoñal en mi rostro, casi tanto como tus manos. 
¿Qué digo?
Si sólo divago entre jaquecas y una rutina que no parece llegar. Aunque a su vez vivo inmersa en una rutina más tediosa que la propia. Como si una nube viviese sobre mi cabeza, inundándome de una lluvia que sólo yo soy capaz de ver, y que paradójicamente a su vez soy yo la creadora. Nosotros mismos formamos nuestra propia autodestrucción. 

Y lo cierto, que echo de menos todo eso.
La rutina, que ya llega. 
El frío, que prácticamente no le queda nada.
Y tus manos, que parece que nunca llegan.

Y la nube se disipa.
El sol brilla.
Y las yemas de tus dedos me acarician el pelo.

Ya llega.
Todo llega.

martes, 9 de septiembre de 2014

Sobremesa.

Un sorbo largo,
tinta, papel;
le hace falta azúcar,
tachones, correcciones. 

Hoy el mar es dulce,
el sol se hiela, 
el cielo se agrieta,
y llueve fuego;
 quizá sea un sueño,
quién sabe,
o más bien una pesadilla. 

Pero sólo tengo claro,
que no me queda café,
y me ha sabido amargo. 
Que aún me queda
mucha tarde
y mucha poesía por delante.

Es que tengo la misma sensación,
al mirar al cielo,
y el sol se sumerge en el horizonte;
la misma que
cuando tus manos se deslizan 
de mis manos,
las acaricias,
justo antes de despedirnos. 

Por eso,
la ausencia me arropa
con un manto frío,
y la timidez me arrastra;
porque soy Ícaro,
 no sé jugármela,
mis alas no arden
y temo caerme
más que nada en el mundo.

¿Y esto es vida? 
Sí. No.
No.
Quién sabe.
No me queda café.
Definitivamente, no,
no es vida.




viernes, 5 de septiembre de 2014

Atardeceres celestes.

No tengo duda alguna
de que atravesaste mi alma
desde el principio.
Pero aún no lo sabía. 

Cuando el frío viento de enero
cambió el rumbo de mi vida,
otorgándome
nuevas perspectivas. 

No lo supe en su momento,
y más tarde, comprendí
cómo efímeras miradas
son capaces de mover mundos.

Y estoy convencida
de que la primera vez 
que me quedé absorta
contemplando el cielo azul
fue esa tarde de enero.

Pero yo aún no comprendía.

Y por eso estoy aquí,
cuando el azul del cielo muere
y desemboca en un ámbar atardecer;
dedicándote estos versos. 

Pues el cálido ámbar llena mi alma,
aunque me obliga a echarte de menos,
cuando el azul huye,
hasta el próximo día.

Y cuando llega la noche
te sigo escribiendo 
estos penosos versos
donde dejo al descubierto mi alma
y la luna se limita
a mirarme complaciente. 

Y el firmamento se extiende,
emanando una sensación
que sólo los poetas comprenden.
Han llegado las musas. 

Así que esta noche
déjame ser tu hada verde
y tú sé Rimbaud
mientras compones versos
donde tiendas cadenas de oro
de estrella a estrella.

Y limítate a susurrarme al oído
que esta noche
veremos una a una las estrellas
mientras descansamos
sobre una basta pradera
y sólo escuchamos 
nuestros besos
irrumpiendo en el silencio.





(Esta poesía fue publicada en el periódico escolar de mi instituto. 
No es la forma original, pues presenta correcciones).

lunes, 1 de septiembre de 2014

Poesía porque sí. Parte III.

Quizá sea yo la extraña,
porque me gusta septiembre,
su brisa, sus atardeceres,
su inminente otoño.
Su encanto.

Quizá sea yo la extraña,
por estremecerme con la cuerda;
o es que tal vez yo siempre he sido
de músicos y de poetas,
que no me toquen la fibra sensible,
si no que me la desgarren. 

Quizá sea yo la extraña,
que prefiera los nocturnos,
el misterio, los susurros,
el aire bohemio 
y la muerte del estío.

Quizá sea yo la que extraña,
y rara vez a la que extrañan,
la que mira al cielo
y cierra los ojos,
la que observa cómo el viento
acaricia las hojas,
y la que observa los remolinos 
de tu pelo y tu barba,
y la que mira como una idiota,
como si a Van Gogh 
se le hubiese ocurrido crear en tus ojos
la noche estrellada;
y, oh, vaya, 
que casualidad que sea, 
mi lienzo favorito.

Quizá sea yo la extraña,
y efectivamente,
ni yo misma me conozco.