viernes, 5 de septiembre de 2014

Atardeceres celestes.

No tengo duda alguna
de que atravesaste mi alma
desde el principio.
Pero aún no lo sabía. 

Cuando el frío viento de enero
cambió el rumbo de mi vida,
otorgándome
nuevas perspectivas. 

No lo supe en su momento,
y más tarde, comprendí
cómo efímeras miradas
son capaces de mover mundos.

Y estoy convencida
de que la primera vez 
que me quedé absorta
contemplando el cielo azul
fue esa tarde de enero.

Pero yo aún no comprendía.

Y por eso estoy aquí,
cuando el azul del cielo muere
y desemboca en un ámbar atardecer;
dedicándote estos versos. 

Pues el cálido ámbar llena mi alma,
aunque me obliga a echarte de menos,
cuando el azul huye,
hasta el próximo día.

Y cuando llega la noche
te sigo escribiendo 
estos penosos versos
donde dejo al descubierto mi alma
y la luna se limita
a mirarme complaciente. 

Y el firmamento se extiende,
emanando una sensación
que sólo los poetas comprenden.
Han llegado las musas. 

Así que esta noche
déjame ser tu hada verde
y tú sé Rimbaud
mientras compones versos
donde tiendas cadenas de oro
de estrella a estrella.

Y limítate a susurrarme al oído
que esta noche
veremos una a una las estrellas
mientras descansamos
sobre una basta pradera
y sólo escuchamos 
nuestros besos
irrumpiendo en el silencio.





(Esta poesía fue publicada en el periódico escolar de mi instituto. 
No es la forma original, pues presenta correcciones).

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