lunes, 6 de octubre de 2014

Nocturno III.

Siempre quise
gritar a los cuatro vientos
que vive la poesía.

Que vive en ti,
que vive en mí, 
que sólo un susurro tuyo
tiene más poesía
que cualquier lograda antología.

Que si el batir de una mariposa
despierta huracanes,
no quieras saber
lo que despiertan las musas,
a las tres de la madrugada
una noche de verano.
 
Siempre quise
exponer mi alma
a través de una poesía.
 
Sí, esas tonterías,
que se quieren decir,
que se podrían escribir,
pero que al final se callan
como la puta más barata;
y oye, qué cosas,
y qué de gilipolleces
puedo soltar de vez en cuando.
Borracha de euforia,
sí, sintiendo cómo se
enciende mi boca,
pero sólo es el alcohol;
o tal vez tu ausencia,
tu recuerdo,
quien me enciende;
pero la noche es larga,
y las ojeras
más oscuras que la noche.

Siempre quise
susurrarte al oído
que eres poesía.

Eres poesía.
Eres poesía.
Eres la poesía 
más jodidamente 
complicada de exponer.
Y qué orgullosa me siento
de gritarlo a los cuatro vientos.
Porque, ¿si fuese fácil
qué alimento produciría 
para mi alma?
Un hueco extraño,
y poco más.
 
Siempre quise
escribir poesía
directamente de tus labios.

Y no me ubico,
sólo escucho
nuestra banda sonora,
sólo miro
el cielo estrellado,
las estelas ardiendo;
chico, yo también ardo
con el simple roce
de tus dedos.
 
 Porque no eres Pachelbel,
ni Chopin, ni Bach,
ni Debussy, ni Liszt,
ni Mozart, ni Schubert,
ni toda esa retahíla de pianistas
de renombre,
pero compones música
con un solo susurro
y con tus besos
resonando en mi espalda.

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