martes, 23 de diciembre de 2014

Despedida

Ya no le grito sandeces a la luna
ni le lloro con una botella en la mano. 
 Ni evoco recuerdos que jamás 
han existido en esta vida.

Ya no suspiro con ese ferviente deseo
ni con esa euforia desmedida
que me dio el invierno
y la muerte del otoño me despojó.
He vuelto a la asquerosa y segura monotonía;
la cual me ha permitido darme cuenta
de que quiero ser más humana
que nunca en la vida.

 Aprendí a echar de menos tus galaxias,
pero al fin aprendí.
Arrivederci.

 Y también comprendí
que hay personas que estarán allí
pase lo que pase,
aguantando la tormenta,
y sosteniendo contigo ese paraguas
que está a punto de salir despedido.

Ya no hay punto de retorno
ni más castigo.
Sólo nos queda el horizonte
aunque parezca un largo camino.

Pero nos empeñamos en echar la vista atrás.
 
Nos gusta jugar
con los tiempos verbales.
Imaginar futuros perfectos,
rayando mentalmente los condicionales
y tratando de olvidar 
ese pretérito imperfecto,
que ha hecho que seamos 
quienes somos ahora.

Porque me gustó imaginar 
que tú eras mi serendipia.
Por eso me gustó hacerte inmortal
entre mis versos,
en mi vida.

Pero es el último poema que te escribo.
Al menos de momento.


Aunque lo imagino,
y es mejor que sea así.



miércoles, 10 de diciembre de 2014

Nefelibata

Ahora no le encuentro mucho sentido al verso.
 
Es normal.
Pues si el poeta desnuda su alma
puede verse entre duras reprimendas
por sí mismo.
Porque siente que su poesía,
a fin de cuentas, no ha servido de nada,
salvo para inmortalizar unos ojos
que ya no le miran.

Y cada palabra ha sido sincera,
cada letra, cada punto, cada coma;
cada vez que susurraba a las estrellas
que iba a superarlas en incandescencia,
-y lo hice, me quemé-,
que habría ardido mil veces,
y que le habría gritado al mundo
que no se arrepentía de haber sido feliz,
aunque sea la reina de las utopías
en mi propia mente.

Niña, las utopías,
son utopías.
Es que te empeñas
en alcanzar la perfección,
y no existe.
 
No te culpabilices, porque no tienes culpa.
Ni tú, ni yo.
Simplemente hemos sidos dos humanos
removidos por un una bidireccionalidad,
-o eso me gustaría pensar-;
pero nuestras direcciones 
son paralelas, pues nunca
hemos chocado
-quizá sea mi culpa-.
 
 Y no me arrepiento de nada.
De ninguna coma, ni siquiera
de las que están mal puestas.
No me arrepiento de susurrarle al viento
esos secretos tan oscuros, tan íntimos.
No me arrepiento de tu recuerdo.
 
Ni de que me hicieras ascender a las nubes
con una puñetera caricia.
Quizá sea eso.
 
Quizá ya fuese soñadora de fábrica,
pero tú me impulsaste hasta las nubes,
convirtiéndome en transeúnte entre
cúmulos y estratos,
fui una nefelibata en estado puro.

 


Y soñé.

Pero como todos los sueños,
siempre terminan con alguien
abriendo los ojos. 

 

martes, 2 de diciembre de 2014

Inciso

Sin más que un par de palabras sueltas 
en la mente, en mis manos temblorosas.
Niña, ten actitud, por una puta vez. 

Reflexión del día:
que le follen a la poesía.



Seguiremos informando
tras el inciso.