miércoles, 10 de diciembre de 2014

Nefelibata

Ahora no le encuentro mucho sentido al verso.
 
Es normal.
Pues si el poeta desnuda su alma
puede verse entre duras reprimendas
por sí mismo.
Porque siente que su poesía,
a fin de cuentas, no ha servido de nada,
salvo para inmortalizar unos ojos
que ya no le miran.

Y cada palabra ha sido sincera,
cada letra, cada punto, cada coma;
cada vez que susurraba a las estrellas
que iba a superarlas en incandescencia,
-y lo hice, me quemé-,
que habría ardido mil veces,
y que le habría gritado al mundo
que no se arrepentía de haber sido feliz,
aunque sea la reina de las utopías
en mi propia mente.

Niña, las utopías,
son utopías.
Es que te empeñas
en alcanzar la perfección,
y no existe.
 
No te culpabilices, porque no tienes culpa.
Ni tú, ni yo.
Simplemente hemos sidos dos humanos
removidos por un una bidireccionalidad,
-o eso me gustaría pensar-;
pero nuestras direcciones 
son paralelas, pues nunca
hemos chocado
-quizá sea mi culpa-.
 
 Y no me arrepiento de nada.
De ninguna coma, ni siquiera
de las que están mal puestas.
No me arrepiento de susurrarle al viento
esos secretos tan oscuros, tan íntimos.
No me arrepiento de tu recuerdo.
 
Ni de que me hicieras ascender a las nubes
con una puñetera caricia.
Quizá sea eso.
 
Quizá ya fuese soñadora de fábrica,
pero tú me impulsaste hasta las nubes,
convirtiéndome en transeúnte entre
cúmulos y estratos,
fui una nefelibata en estado puro.

 


Y soñé.

Pero como todos los sueños,
siempre terminan con alguien
abriendo los ojos. 

 

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