domingo, 18 de enero de 2015

Canícula catorce.

En estos inviernos lluviosos
donde yacen en las aceras las últimas hojas,
inertes; vestigios del sepultado otoño, 
entre nube y nube, recuerda el resquicio 
de ese beso, que aunque te encuentres 
a veinticuatro bajo cero, de esa memoria
trasciende una brisa estival.

Y eso que yo nunca he sido de veranos. 

Tan sólo de recordar esos remolinos
de tu barba, me hace pensar en la puta primavera,
y en las alergias y alegrías que me has provocado.
Era junio y todo eran risas, y pasión, y juventud, 
y libertad, mucha libertad. 
Y cómo me jode que ahora el invierno 
me deje los pies fríos y congele mis alas 
con su gélido aliento.

No me estoy desencantando del invierno.

Más bien, todo lo contrario.
Dejémonos ya de estaciones y de trayectos
y de escalas y de trasbordos,
porque me recuerdan a tus dedos recorriendo 
mi cuerpo sin pudor alguno, ansiosos, indómitos. 
Cómo echo de menos la luz del verano
y que mirases cómo el sol se colaba entre mi pelo.

Y lo acariciabas, y decías que era perfecto.

Bueno, pues deja que te diga que inspiraba tu aliento
como si fuese primavera en pleno vendaval, 
me llenabas las entrañas de vida, y algo más que la vida.
Me llenabas de pasión, de ganas, de rabia contenida;
y ese reloj acusador, con su tic tac, tic tac, 
ojalá se haya parado para recordar esa tarde
que quizá significó demasiado para mí, porque soy así.

Valoro demasiado algunas cosas, qué le voy a hacer.

Valoro demasiado algunos gestos, algunas costumbres,
algunos fetiches que se te escaparon entre risas
mientras inspirabas el aroma de mi pelo y mordías 
mis clavículas con saña; qué daño me hiciste, hijo de puta. 
Pero más me duele no haberte confesado algunas cosas
que aún llevo dentro, como a mí misma.
Nunca he abierto mi alma al completo.

Y por eso intentamos hacer un burdo intento de poesía.

Que le jodan a la prosa, que está muy vista. 
Qué mal aprovechamos el valioso tiempo,
ese buen tiempo en el que mirabas como una gilipollas
cómo se liaba un cigarro, sujetando los filtros entre los labios,
expirando, haciendo señales de humo, pidiendo socorro.
Socorro. Socorro. Socorro. Salven nuestras almas.
Sálvenlas de nuestros miedos, de nosotros mismos.  

Sálvenme de esta vida, 
excepto si voy a compartir contigo algo más que un cigarro a medias.


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