lunes, 13 de abril de 2015

Náusea

Todo el alcohol
ya me sabe
a poco.

Te escupiría en la cara,
en las pecas que no tienes,
en esos mares tan volubles,
en esas constelaciones
que disparan meteoritos.

Te escrutaría miradas
asesinas, donde
te desnudo en cada esquina
de mi mente,
y tu cuerpo es la ambrosía
de una musa
alocada y ninfómana,
que desea aferrarse
a una estrella ardiendo
y a punto de estallar.

Pero qué más da.
Hay miles de estrellas que
ya han muerto, y su brillo
sigue ahí, en el manto
nocturno lleno de la purpurina
que no me he esnifado esta noche.

¡Aún estoy a tiempo!

He quemado rueda,
en los rincones de mi mente.
No ha sido suficiente,
ella quemó queroseno,
y esas noches de febrero,
en las que escupí en el último lugar
donde te rogué que no te fueras,
—te fuiste, era de esperar—,
y la lluvia torrencial apagaba
mi fuego, mi alma, mi espíritu;
y seguro que tú diste rienda suelta
a la imaginación perversa
que tan bien conozco.

Me limpio el culo
con los kilómetros.
Hay distancias más
a
b
i
s
m
a
l
e
s
.

Y sin duda alguna
me maté.

Y, efectivamente, 
soy culpable de despeñarme,
en el acantilado
del mar más azul,
en el que sin duda alguna,
tengo ganas de ahogarme.


Pero bueno, 
siguiendo las costumbres
de los hombres del hierro,
lo que está muerto no puede morir.