sábado, 22 de agosto de 2015

Scherbatsky

Me acordé de ti porque comenzó a llover.

A dos horas del prime time de las almas
atormentadas; a siete horas y poco más para
el amanecer; a 11 días de estar un año más
cerca de las canas; a 14 días de gozar de un
pellizco más de libertad, a un mes y un día
de mi ansiado otoño, a un mes y dos semanas
para sentir cómo el tiempo nos atrapa, y decir,
joder, ¿ya en segundo de carrera?, ...

y cómo pasa el tiempo.

Y cómo negarle algo a la impulsividad
si lo que está en juego son sus labios,
con sus sonrisas tontas acompañadas
de las mías; suspiros entre los besos
furtivos, noches de hotel, caminar sin
descanso de ciudad en ciudad, ver
amanecer sin siquiera pegar ojo la noche
anterior, susurrar... gemir... temblar...

Huele a lluvia y huele a ti.

Huele a mar. Huele a las caladas que nos
pasamos, intentando salvar nuestras almas;
y dijiste que te cruzaste con la mía una tarde
revoloteando por el camino. Ven aquí, y
quítame las mariposas del pelo a mordiscos,
porque, joder, te queda hasta bonito decir
entre susurros «follar como bestias»; con esa
voz se derritiría el Ártico en un suspiro.

Y no soy ninguna tormenta eléctrica.

Ojalá lo fuera, pero no. No eres Turner,
pero no creo que tampoco se te resistan
las Telecasters, y si de mí dependiera
te conseguiría unas cuantas; pero antes
déjame esconderme tras ellas, con unos
rizos indómitos, entre los que te gusta
jugar con tus dedos como si fuera un
Helter Skelter con entrada gratuita.

Vísteme tan sólo con jadeos y suspiros.

Tírate al abismo y hunde tu lengua en él,
hazme gritar con piernas trémulas mientras
el canon suena y tú solo escuchas mi voz
desgarrándose entre el aire que soy capaz
de expirar; hazme arrugar las sábanas como
si fuera papel vegetal, que mis venas sientan
lo que es ser humana, lo que es ser terrenal.
Déjame sin un suspiro que llevarme a la boca.

Tú tan despierto, yo tan dormida.

No quiero pensar en si existirá otro final;
no quiero pensar en que todo tiene fecha
de caducidad. Sin ir más lejos, el otoño no
ha comenzado y ya tiene escrito su caduco
porvenir. Fíjate, no daba ni dos míseros
peniques por ti y voy a ser yo la que te
lleve dos peniques de vuelta. Cóbrame los
intereses, ¿quieres?

Quién me mandará jugar a ser Robin Scherbatsky.


No hay comentarios:

Publicar un comentario