Tú tan de razón... y ¿yo?
Te observo a lo lejos, quizás me estás hablando y llamando a voces, o
por lo menos eso es lo que veo cuando me pierdo en tus ojos marrones;
me estás llamando, pero no hay paso inicial que de pie a lo que ambos
deseamos: unas vistas al mar, unos besos desenfrenados, amor a todas
horas, o en su defecto cariño y afecto que arregle estos descosidos en
nuestros corazones.
El miedo a doler, y sufrir dolor, nos aleja cada vez más.
Tú tan allí, y yo tan aquí; y todo tan revuelto.
Te miro cada dos por tres a escondidas, deseando ese beso en la
frente que simboliza todo un abismo de soledad que se va. He vuelto,
dispuesta a quedarme, quizás. Soy un pájaro libre, pero sé cuando
reposar, y no hay nada más que desee en este mismo momento que perderme
en la paz que me aportas cuando estoy contigo.
Si me dieras un minuto en tu pecho, solo eso bastaría para hablar
largo y tendido de todo lo que habla el corazón y ambos callamos. Un
minuto de palabras, bañado en miradas, gestos, caricias… solo un minuto
prolongado hasta el día siguiente, para darnos cuenta de todo lo que
habla el corazón y ambos nos empeñamos en tapar. Un minuto en tu pecho,
viendo la ciudad despertándose. Observándote entre mi melena pelirroja
mientras duermes. Nada más.
Vamos con píes de plomo por un pantano, y no queremos hundirnos, por
miedo a qué se yo… no disfrutar por lo que vendrá en un futuro,
encadenarnos, dejar de ser libres, hacernos daño… y ya, estamos en el
fondo.