Quizá sea yo la extraña,
porque me gusta septiembre,
su brisa, sus atardeceres,
su inminente otoño.
Su encanto.
Quizá sea yo la extraña,
por estremecerme con la cuerda;
o es que tal vez yo siempre he sido
de músicos y de poetas,
que no me toquen la fibra sensible,
si no que me la desgarren.
Quizá sea yo la extraña,
que prefiera los nocturnos,
el misterio, los susurros,
el aire bohemio
y la muerte del estío.
Quizá sea yo la que extraña,
y rara vez a la que extrañan,
la que mira al cielo
y cierra los ojos,
la que observa cómo el viento
acaricia las hojas,
y la que observa los remolinos
de tu pelo y tu barba,
y la que mira como una idiota,
como si a Van Gogh
se le hubiese ocurrido crear en tus ojos
la noche estrellada;
y, oh, vaya,
que casualidad que sea,
mi lienzo favorito.
Quizá sea yo la extraña,
y efectivamente,
ni yo misma me conozco.
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