Cómo voy a querer
una pizca de estabilidad
si jamás he tenido
algo de cordura.
Cómo voy a querer
ser sincera
si ni siquiera lo soy
conmigo misma.
Y las noches
cada vez son más largas,
más silenciosas
y más acusadoras.
Me señalan con el dedo
y me gritan los secretos,
que voy gritando a voces,
pero al fin y al cabo,
mis secretos.
Sólo míos.
Esta noche
hay barra libre de lágrimas,
me las he bebido todas
y no me doy por satisfecha;
he venido con resaca,
un dolor de cabeza enorme
y aún no me doy por saciada.
A este paso
voy a autodestruirme;
no sé elegir,
no quiero elegir,
no podría elegir
ni aunque me flagelasen.
Ya tiré la moneda,
y se cayó por la alcantarilla
de mis inseguridades.
Jamás sabré la respuesta.
El tiempo vuela
y todo se desgasta.
Mi cabeza estalla
de quebrármela,
y de este puto egoísmo.
Sigo perdida
a la deriva
en este mar.
Volando sin
un rumbo fijo
a contracorriente.
Soy mi propia
autodestrucción.
Solo tengo que pulsar
un botón,
beberme la cicuta
o susurrarle al verdugo
de turno,
que mi cuello es como
el hilo del que pendo.
Soy una funambulista,
y la cuerda está suelta.
Y esa moneda,
era la única que me quedaba,
mi única respuesta
a la puta incertidumbre
de siempre.
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